Los
satélites no albergan esperanza.
Las
estrellas terminan consumiéndose, pero agonizan sin miedo ni angustia.
Las
constelaciones no tienen nada de qué arrepentirse, con lo cual su no-conciencia
está siempre tranquila.
Las
galaxias nunca se enamoran.
Tan
grandes como son y sin embargo a los quásares no les duele nada. De sus
radiaciones no brotan lágrimas.
Allí fuera nadie nos
entiende.
Allí fuera nadie habla
nuestro idioma.